Si estás en el último año de carrera, hay un momento en el que todo empieza a girar alrededor del TFG. Se va colando poco a poco en las conversaciones, en el calendario y en esa sensación que te acecha de “esto ya va en serio” a medida que avanza el curso.
Cuando se mezcla con las clases, los exámenes y la vida diaria, no es raro que aparezca el bloqueo y cueste saber cómo seguir. Poder ir avanzando con constancia no depende únicamente de tus dotes de escritura, sino de cómo planteas el proceso, cómo organizas tu tiempo y en qué entorno trabajas.
En este artículo te proponemos unas claves que, si bien no garantizan que el camino sea fácil, sí que ayudan a que sea mucho más llevadero.
1. Escoge un tema que puedas sostener de principio a fin
Muchos TFG no se encallan por falta de capacidad, sino por una mala elección del tema. Un buen tema no es el más original, sino el que puedes trabajar de forma constante sin agotarte a las pocas semanas.
Hay dos caminos habituales.
El primero es proponerlo tu mismo. Lo más sensato es partir de varias opciones y filtrarlas con calma: que encajen con tu grado, que no estén agotadas, que tengan bibliografía suficiente y, sobre todo, que te motiven y te permitan aportar tu propio enfoque.
Antes de lanzarte, pregúntate:
- ¿Está bien acotado o se me va a ir de las manos?
- ¿Tengo acceso a las fuentes?
- ¿Es viable con el tiempo real que tengo este curso?
- ¿Me veo trabajando en esto dentro de tres o cuatro meses?
El segundo camino es aceptar un tema propuesto por la facultad. Tiene la ventaja de que ya está validado académicamente, pero plantea otro reto: hacerlo tuyo.
En ambos casos, el papel del tutor es clave. No solo porque tenga más experiencia, sino porque actúa como punto de contraste a lo largo del proceso. Tener a alguien con quien compartir dudas, validar enfoques y comentar ideas, evita que tomes decisiones precipitadas y te ahorra correcciones difíciles más adelante.
2. Divide el TFG en fases y trátalo como una asignatura más
El TFG funciona mejor cuando tiene asignado un espacio propio en la semana. Pensarlo como algo que se hará “cuando haya tiempo” suele llevar justo a lo contrario: se va posponiendo y acaba pesando más de lo necesario. Dividirlo en fases concretas lo vuelve manejable y reduce la sensación de parálisis.
Por ejemplo:
- Lectura y selección de fuentes
- Esquema y estructura
- Redacción por apartados
- Revisión y correcciones
Asignar un periodo concreto a cada fase evita tener que decidir cada día por dónde empezar. Cuando el TFG entra en la agenda como una cita fija, deja de competir con todo lo demás y empieza a avanzar, incluso en semanas en las que no apetece especialmente.
3. Investiga para pensar, no para llenar páginas
Leer mucho y acumular bibliografía no implica necesariamente avanzar. Investigar no consiste en leerlo todo, sino en seleccionar y trabajar las fuentes con una intención clara. No es cuestión de cantidad, sino de elegir aquellas que te ayudan a construir un punto de vista propio.
Evidentemente puedes apoyarte en otras voces, pero siempre con el objetivo de entenderlas, referenciarlas correctamente y usarlas como base para tu propia aportación. El tribunal espera que seas capaz de extraer conclusiones, plantear nuevas perspectivas y señalar qué líneas podrían explorarse en el futuro.
Un buen criterio práctico es no incorporar nada que no sepas explicar con tus propias palabras. Cada fuente debería servir para algo concreto: aclarar un concepto, reforzar una idea o cuestionar lo que ya das por hecho. Si no cumple ninguna de esas funciones, probablemente sobra.
4. El entorno también escribe el TFG contigo
El TFG no avanza solo a base de disciplina. El contexto también pesa, y mucho. Por eso conviene pensar el entorno como parte de la estrategia. Tener salas de estudio tranquilas, buena luz y espacios pensados para concentrarte reduce decisiones innecesarias y hace que sentarte a escribir sea automático.
En la Residencia Universitaria Sarrià, estos espacios forman parte del día a día, lo que permite combinar trabajo individual y descanso sin romper el ritmo.
Cuando el TFG deja de depender de “dónde puedo ponerme hoy”, la energía se invierte en lo importante: pensar, escribir y avanzar con continuidad. Y eso, en un trabajo largo, marca más diferencia de la que parece.
5. Cuida la energía para sostener el ritmo
En una carrera de fondo como el TFG, el problema rara vez es no disponer de horas, sino llegar sin energía a ellas. Dormir mal, comer a destiempo o pasar semanas sin moverte acaba afectando a la concentración y a la claridad mental, justo cuando más las necesitas.
No se trata de grandes cambios, sino de no añadir más fricción a una etapa que ya exige bastante. Tener resueltas las comidas y contar con espacios donde activar el cuerpo facilita mantener un equilibrio básico sin añadir decisiones ni esfuerzo extra. En la Residencia Universitaria Sarrià, ambos forman parte del día a día.
En definitiva, además de ser una prueba académica clave que marca el fin de una etapa, el TFG es también un ejercicio de gestión personal. Tener una estrategia clara y rodearte de condiciones que te lo pongan fácil no elimina las dificultades, pero sí evita muchas innecesarias.
Y cuando eso ocurre, el trabajo avanza mejor, pesa menos y deja espacio para algo igual de importante: vivir la etapa universitaria con cierta calma y continuidad.

